El mundo va borrando de su tablero de ajedrez las grandes piezas, y prefiere seguir la partida con los peones solos, a quienes, de vez en cuando, les endosa una caperuza de caudillo.
El hombre no es un pino o una palmera que crecen sueltos, en el norte o en el sur; es un peón de ajedrez que tiene un claro —o misterioso— enlace con gran número de otros peones o piezas mayores.