La risa noble se volvió alevosa. El signo de la alegría plena se convirtió en signo de dolor. Si oís reír, es que alguien sufre.
Hemos hecho de la risa una daga, un tósigo, un cadalso. Se mata y se muere por el ridículo.
La risa ahonda nuestras arrugas, y revela mejor nuestra decrepitud.
Delante de ellos, caminando hacia atrás y riéndose con la plenitud de sus veintiséis años, una risa magnífica que ellos no tardaban en imitar aunque ciertamente hubieran preferido no reírse y sólo mirarla.
¿Dónde están las carcajadas que no rechinan y rugen y gimen, las que no hacen daño?
Todos reíamos; pero entre el coro de carcajadas, se oía irresistible, encantadora, la de Lesbia, cuyo rostro encendido, de mujer hermosa, estaba como resplandeciente de placer.