Ella se extrañó de la fortaleza con que sucumbía, del poder de su debilidad.
Por un momento, de manera irracional, quiso alejarse de él. A continuación, de forma más racional, deseó poder amarlo sin necesitarlo. Su necesidad le otorgaba a Odenigbo un gran poder sin que se lo hubiera propuesto; aquello la hacía sentir a menudo que no tenía otra elección.
Yo ya soy fuerte. Mi fuerza es aceptar sin lucha estas fatalidades.
Existen dos potencias: la real y la ideal. Lo que Hércules haría con sus muñecas, Orfeo lo hace con su inspiración. El dios robusto despedazaría de un puñetazo al mismo Athos. Orfeo les amansaría, con la eficacia de su voz triunfante, a Nemea su león y a Erimanto su jabalí. De los hombres, unos han nacido para forjar metales, otros para arrancar del suelo fértil las espigas del trigal, otros para combatir en las sangrientas guerras y otros para enseñar, glorificar y cantar. Si soy tu copero y te doy vino, goza tu paladar; si te ofrezco un himno, goza tu alma.