Montañas, frases

—¡Pero que un monte es cosa linda!... Era una cosa linda que él poseía en silencio, domingo a domingo, mientras se le iban los años y se le iban los hombres. Era una cosa linda que lo poseía a él, sorbiéndole los ojos, entrándole una pereza gozosa, poniéndole en las venas una beatitud de miel espesa. Pero aún el monte le escondía algún secreto.

Andrada y el monte se entendían en silencio. En el silencio hablaban solos.

El monte se le entregaba como una mujer. Parecía esperarlo. Correr toda vida urgente y egoísta de su interior para quedarse escuchando cómo él iba y venía despacio, juntando leña para el fueguito del puchero, planchando a lomo de cuchillo varas de junco para hacer asientos de sillas.

Miró para los montes que se insinuaban en el horizonte, hacia el interior. Pensaría tal vez en las innúmeras manadas de reses bravias que pastaban en sus laderas. En los frescos paisajes. En los senderos abiertos al azar del paso. En los caminos que llevaban a todas partes y a ninguna, bajo el aire infinito.