Entonces —sólo entonces— pensó rápidamente en la venganza. Todo el odio que había acumulado calladamente, ignorándolo él mismo, reventó en explosión inusitada.
¡Ah, si yo pudiera no olvidarla! ¡Gustoso sufriría por ella antes que sentirme vacío de ella!
Con los ojos del recuerdo, la vió.
Entró en la población, como los generales tras el triunfo. La vanidad y el orgullo amenazaban desmontarlo del caballo.
Sólo en las novelas el amor principia desde un límite fijo y determinado. En la vida real, la cuestión sucede de manera distinta. Va naciendo sin saberse cómo. Se va formando —eso es— como las nubes tupidas en el cielo claro; empieza por ser apenas una mancha turbia contra el azul hasta preñarse de negrura y de amenaza.
Estaba engañado. No lloraba. Sus ojos se abrían absortos, pero secos. Ni una lágrima. Y yo hubiera querido que llorase.
La disciplina es una divinidad: una diosa fría y lejana, si se quiere; pero cuida de quienes la veneran y pone en sus espíritus una conciencia de ubicación y una certidumbre de ruta, de que los demás, barcos a la deriva, carecemos y careceremos.
Si, el estado vive, en mucho, del vicio, ¿a qué título hace moral?
Pero, has de creerme que, a poco, todo mi amor se había convertido en odio, en un odio agudo, picante, sediento de venganza.
Mas en la vida hay un derecho inalienable que no estuvo en mí el ceder...¡El derecho al amor!
Y su sonrisa fué como el sol que se levanta.
...¡Ella! ¡Ella, la que no siendo de nadie, sería siempre y a pesar de todo, la ajena; porque jamás, sería de él! Ella...
Yo no te quise; más comprendí que tu amor fue lo más grande que hubo en mi vida. No rae preguntes –eso sí– porqué no te quise. A tu interrogación, no sabría cómo responder. Razones son esas del corazón.
Hacía frío. Un frío intenso, que penetraba en la carne como el frío sacudido del paludismo.
Y pensó que, así mismo, su recuerdo, aunque era ahora en él resplandeciente y luminoso como un sol, se iría apagando...; y que algún día, no obstante se empeñara en evitarlo, habría de olvidar... ¡Porque en la vida se olvida todo!
Como en el mar, en mi corazón se desarrolla formidable tempestad; y mi amor a ti –que dormía en el fondo de mi corazón–, ha surgido luminoso…
Prediqué que la misión del hombre es la del árbol: florecer –para alegrar los ojos– y fructificar –para, satisfacer ajenas ansias… Jamás ojos algunos lloraron por mi culpa.
Más tarde habría de arrepentirse, sin duda; porque son terribles las resurrecciones del recuerdo; porque, cuando con él el pasado vuelve, vuelve armado de eternidad. Y la eternidad confunde y anonada la humana pequeñez.
Hay cosas que piensa uno, y que luego quisiera no haber pensado...
De sus ojos secos, atrozmente lindos en un momento, brotó el llanto a raudales, copioso, incontenible...
Ese día niña Pancha asumió su jefatura omnipotente, cuyo más sólido apoyo lo constituía el temor que inspiraba.
Su corazón era así como un ánfora llena de ella, y el olvidarla habría sido como derramar el líquido del ánfora, dejándola vacía.
En tus dulces ojos verdes –que empañarían lágrimas de gratitud para la vida amable– me recrearía en contemplar el pasado; así como en los ojos ingenuos de nuestros hijos, tú y yo, medrosos, miraríamos nacer el sol del porvenir que no veríamos.
Ojos verdes eran los suyos; magníficos ojos verde mar, esmeraldas de todas aguas, en cuyo fondo titilaban puntitos de oro como estrellas.
En conociéndola, no quedaba otra cosa que adorarla.
Su sonrisa buena, pedigüeña y limosnera a un tiempo mismo....
¿A qué luchar? Esperad –como yo lo hago– que la hora llegue, escrutando en el recuerdo, en la honda sima, del recuerdo, las huellas de la vida mala.
Vio sus ojos, secos, muy secos y muy lindos, de los que nunca él conseguíría —pensaba—, rebeldes como eran, hacer brotar una lágrima. No obstante, ahora parecían humildes.
¡Ah, si se lograra impedir que con los soles nuevos venga el olvido! ¡Ah, si se lograra detener la obra cicatrizadora y sanitaria del tiempo, que echa su generoso polvo de antigüedad —uno a manera de talco secante— sobre las llagas sangrantes!
Su imaginación, exaltada, le pintó esos ojos únicos e imposibles; ojos profundos en cuyas pupilas se repetía el horizonte... o se formaba un horizonte nuevo; verdes ojos marinos, mares ellos mismos; ojos insondables, oceánicos...
¡Cuántas cosas hay dentro del alma, que uno misino desconoce y de las que no tendría nunca noticias si no fuera por estas convulsiones que las traen a flote!
Miró para los montes que se insinuaban en el horizonte, hacia el interior. Pensaría tal vez en las innúmeras manadas de reses bravias que pastaban en sus laderas. En los frescos paisajes. En los senderos abiertos al azar del paso. En los caminos que llevaban a todas partes y a ninguna, bajo el aire infinito.