Y Carmen sonreía con una mueca dolorosa. Setenta y dos tardes de angustias, como un reo de muerte en la capilla, deseando la llegada del telegrama al anochecer y temiéndola al mismo tiempo. Setenta y dos días de terror, de vagorosas supersticiones, pensando que una palabra olvidada en una oración podría influir en la suerte del ausente.
... siento que tarde o temprano llegará el periodo en que deba abandonar vida y razón a un tiempo, en alguna lucha con el torvo fantasma: el miedo.
Durante esa noche que te concedo, si llegaras a tropezar con el de la piel desnuda (cuyo nombre es el hombre), no sentirás miedo de él, sino que él te temerá a ti, como si fueras tú, junto con los tuyos, juez de la selva.
Mucho más importante es, sin embargo, el temor de mí mismo.
Pero el ser humano es así. Sustituye gran parte de sus emociones por el miedo.
Y en ese instante, como si lo supiera todo, ella le dijo que el miedo es más fuerte que el deseo, el amor, el odio, la culpa, la rabia, más fuerte que la lealtad. El miedo es algo total, concluyó, con las lágrimas rodándole por el cuello.
Azucena le hizo entrega de su miedo y así, sin quererlo, obligó a Rolf a encontrarse con el suyo.
Es curioso: a veces te preocupas un montón por algo que al final resulta no ser nada.
Enfrentaba riesgos desmesurados como ejercicio de coraje, entrenándose de día para vencer los monstruos que lo’ atormentaban de noche. Pero había llegado el instante de la verdad y ya no pudo seguir escapando de su pasado.
Ese día niña Pancha asumió su jefatura omnipotente, cuyo más sólido apoyo lo constituía el temor que inspiraba.
Hay ahora tanta gente aquí, buscando la seguridad, que todos corremos peligro. Buscando la seguridad tú nos pierdes ahora a todos.
Cuántas cosas perdemos por miedo a perder.
Tan sólo cuando, como ocurre ahora, un gran miedo parece amenazar todas las cosas, podemos los habitantes de la Selva poner a un lado todos nuestros recelos de poca monta y reunirnos en un mismo sitio.
Cuando me tuvo miedo, la vida se nos convirtió en un purgatorio.
En un momento, oí un suave gemido, y supe que era el gemido del terror mortal. No era un gemido de dolor o de pena — ¡oh, no! Era el sonido sofocado que se levanta desde el fondo del alma cuando ésta se sobrecarga de temor.
El miedo es como el amor, Chunga, cosa humana.
Cuando secos están arroyo y laguna, todos somos hermanos; mezclados nos ven las riberas, ardientes las bocas, polvo en los flancos, sin deseos de caza, y por temor igual paralizados.
El temor se reflejaba en los rostros, abría desmesuradamente los ojos, hacía palidecer las teces y hería las pupilas cálidas que avivaba el extraño fulgor de los presentimientos.
Vi que era el esclavo forzado de una especie de terror anómalo.
Vos sos el ñandú más ñandú de tuitos los ñanduces del pago.
Esa noche, cuando lo veas atemorizado, ten misericordia de él, porque también tú conoces el miedo.