Abraham Valdelomar, frases

El color de un crepúsculo. El rojo era demasiado rojo. El quería un color como el sol cuando ya se ha ocultado, algo como los pétalos de las florecillas rosadas.

El barro es tosco; yo puedo hacer todo con el barro, pero ¿cómo haría yo a un hombre que pensara, cómo pondría en su cara la palidez del insomnio?... ¡Ah, cuán desgraciado y pequeño soy hermano…!

Amor, amor, esta palabra no debió ponerse en el corazón de los hombres... Amor habrá hasta que terminen los siglos, y para eso hay que esperar...

No volver a quedarse dormido en los lugares solitarios. La soledad es un peligro.

El primer beso, el más delicioso, el anhelado.

El Sol, circundado de nubes cenicientas, besaba el horizonte.

Yo siento que algo me falta… Yo siento una ansia inexplicable en mi alma… Yo siento que hay algo que yo podría hacer y sé que podría ser feliz… Tengo un incendio en el alma, veo una serie de cosas pero no puedo expresarlas.

Dos gruesas lágrimas cayeron sobre el plato, como un sacrificio, y un sollozo se ahogó en su garganta.

El dolor es inmenso como el mar, orgulloso como el cóndor, multicolor como el bosque. Tú no conoces el dolor...

El temor se reflejaba en los rostros, abría desmesuradamente los ojos, hacía palidecer las teces y hería las pupilas cálidas que avivaba el extraño fulgor de los presentimientos.

Al lado del poniente, en vez de casas, extiende el mar su manto verde, cuya espuma teje complicados encajes al besar la húmeda orilla.