El semblante del desconocido habíase demudado con angustia mortal. Su visible dolor hallábase tan lejos de la ofensa, que cualquier sospecha hostil transformábase en compasión.
Sabía que no se deben combatir de frente los dolores en la violencia de su primer arrebato, porque el consuelo solo hubiese conseguido irritarlo y aumentarlo; así como en todas las enfermedades nada hay tan pernicioso como un remedio prematuro.
Así, pues, lejos de trabar combate bruscamente con él, quiero ante todo defenderle y alimentarle: despertaré todas sus causas y abriré de nuevo todas las heridas. Esto no será aplicar calmantes, sino el hierro y el fuego.
Pero así como en ética el mal es una consecuencia del bien, en la realidad, es del placer que ha nacido el dolor. Ó la memoria de la dicha pasada es la pena de hoy, ó las agonías presentes tienen su origen en los éxtasis que pueden haber existido.
¡Oh! ¡cuántas inmensidades contiene un minuto de dolor!
Y siendo el dolor de cada uno el dolor de lo demás, manifestado fuera de ellos, la risa universal es un quejido. Escuchadla bien, y descubriréis en ella los espasmos del sollozo.
Su tesis acaso peque de simple: sólo el dolor ata a la vida, sólo el dolor es capaz de revelarla.
A lo único que no pudo cambiarle el nombre fue a ese dolor animal que la doblaba en dos al recordar a su hijo, de modo que optó por no mencionarlo jamás.
Cada padecimiento de la niña me dolía como a él, sentía su misma frustración, su misma impotencia.
Los hombres no lo habían tocado más que para maltratarle. Todo contacto con ellos había sido una herida.
No era un dolor de músculos entumecidos, sino de tristezas acumuladas y de abandono.
Yo me acostumbro a este dolor: nada puede durar eternamente sin convertirse en costumbre.
Dejaba que la pena muriese con el tiempo, como las rosas cortadas, guardando mi silencio como una joya por intentar sufrir lo menos que pudiera.
Hay un dolor de huecos por el aire sin gente.
Me duele hasta la punta de las venas. En la frente de todos ellos yo no veo más que la mano con que mataron a lo que era mío.
Ay dolor que se está venciendo a sí mismo, ay dolor que te prolongas hasta no importar, hasta convertirte en la normalidad: ay dolor, ya no soportaría tu ausencia, ya me acostumbro a ti, ay dolor, ay...
Yo he sufrido, es bien posible, llorado, aullado de dolor; debo creerlo porque así lo he escrito.
También descubrió que era un joven rencoroso y que estaba lleno de resentimiento, que supuraba resentimiento, y que no le hubiera costado nada matar a alguien, a quien fuera, con tal de aliviar la soledad y la lluvia y el frío de Madrid.
El dolor es inmenso como el mar, orgulloso como el cóndor, multicolor como el bosque. Tú no conoces el dolor...
Su dolor se descompuso en una cólera ciega contra el mundo y aun contra ella misma, y eso le infundió el dominio y el valor para enfrentarse sola a su soledad.
Pero la había. Y no se podía hablar de ella. Primero, porque era un deber guardar aquel dolor para sí; después, porque hubiera sido inútil quejarse; sus familiares no le hubieran comprendido, y más valía así.
En verdad te digo que el hombre no comprenderá nunca la majestad del dolor.
Cuando estaba yo vivo y tenía un corazón de hombre, no sabía lo que eran las lágrimas porque vivía en el Palacio de la Despreocupación, en el que no se permite la entrada al dolor.