Pero, has de creerme que, a poco, todo mi amor se había convertido en odio, en un odio agudo, picante, sediento de venganza.
Por profundamente que detestara a los hombres, a su charla, a su crueldad y a su cobardía, por nada de cuanto pudiera ofrecerle la selva se hubiera decidido a arrebatar una sola vida humana, ni a sentir de nuevo ese terrible olor de sangre en sus narices.
El odio tarda años en incubar; uno ya no es un niño y cuando el odio crezca y nos ahogue los pulsos, nuestra vida se irá. El corazón no albergará más hiel y ya estos brazos, sin fuerza, caerán…
Es más fácil el odio, te digo. El amor es más difícil y exige más...
La antipatía de este hombre se me comunicó como un pistoletazo.
Donde empieza el odio, empieza el error.
Odiar de veras es un talento que se aprende con los años.