Jean Valjean, hermano mío, vos no pertenecéis al mal, sino al bien. Yo compro vuestra alma; yo la libro de las negras ideas y del espíritu de perdición, y la consagro a Dios.
El llanto es una de las formas de la suprema dicha.
En cierto grado de miseria se apodera del alma una especie de indiferencia espectral y se ve a los seres como a ánimas en pena.
Los delincuentes tienen dos madres, ambas madrastras: la ignorancia y la miseria.
Confiar es a veces abandonar.
Y, mientras lloraba, una extraña luz iba deshaciendo las tinieblas que poblaban su alma.
No tenéis que decirme quien sois. Esta no es mi casa, es la casa de Jesucristo. Esa puerta no pregunta al que entra por ella si tiene un nombre, sino si tiene algún dolor.
Cada vez que pronunciaba la palabra caballero con voz dulcemente grave, se iluminaba la fisonomía del huésped. Llamar caballero a un presidiario, es dar un vaso de agua a un náufrago de la Medusa. La ignominia está sedienta de consideración.
La excarcelación no es la libertad. Se acaba el presidio, pero no la condena.
No preguntéis su nombre a quien os pide asilo. Precisamente quien más necesidad tiene de asilo es el que tiene más dificultad en decir su nombre.
Amar a otra persona es ver la cara de Dios.
Los hombres no lo habían tocado más que para maltratarle. Todo contacto con ellos había sido una herida.
La pupila se dilata en las tinieblas, y concluye por percibir claridad; del mismo modo que el alma se dilata en la desgracia, y termina por encontrar en ella a Dios.
Querer prohibir a la imaginación que vuelva a una idea es lo mismo que prohibir al mar que vuelva a la playa.
Hay siempre en el pensamiento cierta cantidad de rebelión interior, y le irritaba sentirla dentro de sí.
Si un alma sumida en las tinieblas comete un pecado, el culpable no es en realidad el que peca, sino el que no disipa las tinieblas.
La vida, el sufrimiento, la soledad, el abandono, la pobreza, son campos de batalla que tienen sus propios héroes, héroes oscuros, a veces más grandes que los ilustres.
Ser un santo es la excepción; ser un justo es la regla. Equivocaos, desfalleced, pecad, pero sed justos.
Es que tiene en el alma una perla, la inocencia; y las perlas no se disuelven en el fango. Se revuelca en estiércol y sale de él recubierto de estrellas.
No tenían ya palabras. Las estrellas empezaban a brillar. ¿Cómo fue que sus labios se encontraron? ¿Cómo es que el pájaro canta, que la nieve se funde, que la rosa se abre? Un beso; eso fue todo. Los dos se estremecieron, y se miraron en la sombra con ojos brillantes.
No queda más remedio: tienen que existir quienes rezan siempre por quienes no rezan nunca.
Señora Magloire —respondió el obispo—, os engañáis: lo bello vale tanto como lo útil. Y añadió después de una pausa: Tal vez más.
Quien nada tiene tiene a Dios.
Los que padecéis porque amáis, amad más aún. Morir de amor es vivir.
«¿Dónde se juzgará a ese hombre y a esa mujer? — En el tribunal de la Audiencia. — ¿Y dónde juzgarán al fiscal?»
¡Qué triste está el alma cuando está triste por el amor! ¡Qué vacío tan inmenso es la ausencia del ser que llena el mundo!