Jean Valjean, hermano mío, vos no pertenecéis al mal, sino al bien. Yo compro vuestra alma; yo la libro de las negras ideas y del espíritu de perdición, y la consagro a Dios.
Como ésa, hay muchas almas, en las que han quedado las creencias transfiguradas en espectros, que perturban el sueño con quejidos, sólo perceptibles para ellas, ó en espíritus luminosos, pero mudos; almas tristes, como isla enmedio del océano, que miran con envidia á la ola sumisa y á la ola resueltamente rebelde; almas cuyos ideales semejan estalactitas de una gruta obscura, bajo cuyas bóvedas muje el viento nocturno; almas que se ven vivir, cual si tuvieran siempre delante algún espejo, y á ocasiones, medrosas, apocadas, ó por alto sentido estético y moral, cierran los ojos para no mirarse; almas en cuyo hueco más hondo atisba siempre vigilante y duro juez; almas que no sintiéndose dueñas de sí mismas, sino esclavos de potencias superiores é ignotas, claman en la sombra: ¿en dónde está, cuál es mi amo?
Hay momentos en que, merced á una serie de abstracciones, el espíritu se sustrae á cuanto le rodea, y replegándose en sí mismo analiza y comprende todos los misteriosos fenómenos de la vida interna del hombre.
Hay almas que no son más que bondad. Yo encontraré quien me quiera. Si esas almas no existen, quiero morir sin saberlo.
Perdida mi alma en la gran ilusión de mis sinfonías, temo todas las decepciones.
¡Si su alma no tenía domingos!
¡Pero cuánto calienta el alma una frase, un apretón de manos a tiempo!
Allá abajo fuiste un gusano arrastrao por el suelo; aquí sos el alma gloriosa que más ha ganao.
Yo siento que algo me falta… Yo siento una ansia inexplicable en mi alma… Yo siento que hay algo que yo podría hacer y sé que podría ser feliz… Tengo un incendio en el alma, veo una serie de cosas pero no puedo expresarlas.
Cuando la paz invade las almas pecadoras es como cuando el agua cae sobre los barbechos, que fecunda lo seco y hace fructificar al erial.
Mi alma es como esos pájaros viejos que no saben cantar y pierden sus plumas una á una, cuando sopla el cierzo de Diciembre.
Conozco también el valor del alma humana cuando se la somete a rudas pruebas.
El Alma del Mundo se alimenta con la felicidad de las personas. O con la infelicidad, la envidia, los celos.
Y es el sufrimiento del alma, sobre todo, el que hace buenos a los buenos.
Lo único que pido en cambio, es que seas un verdadero amante, porque el Amor es más sabio que la Filosofía, por muy sabia que ésta sea, y es más poderoso que la Fuerza, por muy fuerte que ella sea.
La pupila se dilata en las tinieblas, y concluye por percibir claridad; del mismo modo que el alma se dilata en la desgracia, y termina por encontrar en ella a Dios.
Fama es que a tal punto habíanse apoderado del escribano los tres enemigos del alma, que la suya estaba tal de zurcidos y remiendos que no la reconociera su Divina Majestad, con ser quien es y con haberla creado.
Mi alma temblaba á punto de lanzarse al espacio, como el pajáro tiembla y agita ligeramente las alas antes de levantar el vuelo.
«—¿De qué me sirve mi alma? —dijo—. No puedo verla. No puedo tocarla. No la conozco.»
Estaba ella triste porque su curiosidad de mirar las almas la había desengañado de hombres y cosas.
A ti, Cristela, los rostros te sonríen como rosas, blancas, amarillas y encarnadas. Pero las almas son siempre rosales llenos de espinas... ¡Mira las rosas y no toques los rosales!
Tu mala costumbre, Cristela, consiste en no contentarte con mirar el rostro de la gente, y mirarles también el alma. ¡Nunca mayor imprudencia! El rostro es, generalmente, la máscara del alma. Los rostros suelen ser agradables o interesantes; las almas son casi todas desagradables y vulgares. En ellas se lee egoísmo, concupiscencia y vanidad.
Es que tiene en el alma una perla, la inocencia; y las perlas no se disuelven en el fango. Se revuelca en estiércol y sale de él recubierto de estrellas.
Alma mía, ya que no puedes otra cosa, pon la proa al bien, que Dios se encargará de hinchar las velas.
Pues no viaje usted por tierras; explore almas. No hay vida humana sin misterio.
¡Cuántas cosas hay dentro del alma, que uno misino desconoce y de las que no tendría nunca noticias si no fuera por estas convulsiones que las traen a flote!
Allá en el alma del hombre, en una obscuridad espantosamente uniforme, derrumbábanse grandes montañas de hielo.
Las almas como la de María ignoran el lenguaje mundano del amor; pero se doblegan estremeciéndose a la primera caricia de aquél a quien aman, como la adormidera de los bosques bajo el ala de los vientos.