El chico sintió crecer su espanto, porque para la mentalidad objetivadora de las sencillas almas campesinas, un crimen es un triángulo con tres vértices igualmente aguzados y peligrosos: el delincuente, la policía y el juez.
En ocasiones un potrillo de lai, lindo de estampa, juerte pal trabajo, ligero pal camino, va al poder de un gaucho vago que lo galopea a medio día y lo larga en noche de helada, sin tomarse siquiera el cuidao de pasarle el cuchillo por lomo.
Debían ser zonzos los dos, porque ya empezaban a envejecer, en una vejez que atesoraba trabajos sin cuentos, y seguían tan pobres como cuando, jóvenes ambos, entraron en el establecimiento.
¡Si su alma no tenía domingos!
Los pobres sernos como los güeyes: mientras estamos uñidos tenemos nombre y al clavarnos el fierro nos llaman: ¡Doradillo!... ¡Salpicao!... ¡Florcita!... y después que nos largan, sernos los güeyes, no más.
¡Hay hombres asina! Hay hombres que son como los caminos, hechos pa que tuitos los pisen!
¡Qué l'importa qui ande como pájaro, volando de rama en rama, si hasta en la noche escura sé rumbear al nido y te sé trair en el pico un granito 'e pitanga y una florcita del monte?
Para buen gaucho no hay caballo lerdo, ni hueso pelado para perro hambriento.
Era linda, pero su belleza enfermiza, sin los atributos incitantes de la mujer, no despertaba codicias. Y las gentes de la estancia, brutales, casi la odiaban por eso.
—¿Qué importa que se mueran diez mil ovejas? ¿qué significa la muerte de diez mil ovejas frente a la muerte de mi mujer?... ¡Dispués que a uno se le ha quemao la casa, es zonzo preocuparse de qu'el viento no le lleve las cenizas!...
Muere el día, estrangulado por un dogal de fuego. En el poniente, el rojo cárdeno del sol que se va como con rabia, hace levantar de la tierra un vapor gríseo, parecido a la humareda de un asado que se quema.
Salcedo había sido infeliz toda su vida. Su alma buena, plena de afectos, hubo de sufrir repetidas y amargas decepciones. Los hombres traicionaron su amistad, las mujeres desdeñaron su amor.
Dende que nací nu'hago otra cosa que darles lao a tuitos, porque en la cancha e la vida se olvidaron de dejarme senda pa mí! ¡Suerte de oveja!
El sol había desparramado tanto calor durante el día, que por la tarde, al retirarse, no lo pudo juntar todo y llevárselo para su cueva de occidente.
La naturaleza allí, no tiene lengua; el corazón de la tierra no palpita allí. El sol abrasador del mes de enero, calcina las rocas, agrieta el suelo, achicharra las yerbas, seca los regatos, y sin embargo, se siente frío en aquel sitio.
Vos sos el ñandú más ñandú de tuitos los ñanduces del pago.
¿Qué podían decirse aquellos dos hombres? Nada. Pero hablaban, hablaban, deciendo 'nada', lo cual en ocasiones y para ciertas personas, resulta lo más difícil de decir.
Ante los insultos y las ofensas, no tenía más venganza que la mirada tristísima de sus ojos, muy grandes, de pupilas muy negras, nadando en unas córneas de un blanco azulado que le servían de marco admirable. Jamás había una lágrima en esos ojos que parecían llorar siempre.