Sol, frases

Allá lejos, en la línea como trazada con un lápiz azul, que separa las aguas y los cielos, se iba hundiendo el sol, con sus polvos de oro y sus torbellinos de chispas purpuradas, como un gran disco de hierro candente.

El sol debía estarla escuchando. De otro modo no puede explicarse cómo amaneció de pronto, en cuanto ella dijera que algunas veces amanecía en la ciudad.

El Sol, circundado de nubes cenicientas, besaba el horizonte.

El sol caía a Poniente con su eterna majestad.

Vamos en pos del Sol. El no nos abandonará. El nos recibirá en sus mansiones...

El sol al acabar de ocultarse teñía las colinas, los bosques y las corrientes con resplandores color de topacio; con la luz apacible y misteriosa que llaman los campesinos «el sol de los venados», sin duda porque a tal hora salen esos habitantes de las espesuras a buscar pastos en los pajonales de las altas cuchillas o al pie de los magueyes que crecen entre las grietas de los peñascos.

El sol había desparramado tanto calor durante el día, que por la tarde, al retirarse, no lo pudo juntar todo y llevárselo para su cueva de occidente.

Camina el sol tan poco elevado en el horizonte, que desde que sale hasta que se pone no hace más que recorrer su ocaso como luminoso fantasma que da vueltas alrededor de su sepulcro.