Muerte, frases

Morir, y joven: antes que destruya
el tiempo aleve la gentil corona
cuando la vida dice aún: ‘soy tuya’,
aunque sepamos bien que nos traiciona”

Y confiemos siquiera en que la muerte nos dará un poco más de lo que nos dió la vida.

Hay hombres que mueren en el silencio de la noche, estremeciéndose entre las manos de espectros que los torturan con solo mantener fija sobre ellos su implacable mirada; hombres que mueren con la desesperacion en el alma y un hierro candente en la larinje, á causa del horror de los misterios que no consienten que se les descubra. Algunas veces la conciencia humana soporta un peso de tal enormidad que solo encuentra alivio en el descanso de la tumba.

Presentía su fin muy próximo pero sin pena: antes bien con una dulce serenidad.

Pasó la noche. ¡Qué largas les parecieron las horas, qué medroso el silencio, qué alarmante cualquier rumor, y cómo les desazonaba el ruido metálico y acompasado del reloj, que en cada oscilación del péndulo parecía llevarse un instante de aquella vida que era para ellos el mayor tesoro del mundo!

Todo hombre que va a morir suele aferrarse a una idea cualquiera y no abandonarla más.

Algo como la hoja fría de un puñal penetró en mi cerebro: faltó a mis ojos luz y a mi pecho aire. Era la muerte que me hería... Ella, tan cruel e implacable, ¿por qué no supo herir?...

¿Para quién, Señor, la santidad de la tarde, que hace pensar dulcemente en la muerte como un enlace de la vida, si no hay nadie?

Vi la muerte tan claramente como siestuviera sentada sobre sus hombros. Y aún más: sentí el olor de la muerte.

TODO EN VANO, porque la Muerte aproximándose a él, lo había acechado con su sombra negra y había envuelto a la víctima.

—¿Qué importa que se mueran diez mil ovejas? ¿qué significa la muerte de diez mil ovejas frente a la muerte de mi mujer?... ¡Dispués que a uno se le ha quemao la casa, es zonzo preocuparse de qu'el viento no le lleve las cenizas!...

¡Qué pesado ha de ser el sueño de los muertos!

La muerte (o su alusión) hace preciosos y patéticos a los hombres. Éstos conmueven por su condición de fantasmas; cada acto que ejecutan puede ser último; no hay rostro que no esté por desdibujarse como el rostro de un sueño. Todo, entre los mortales, tiene el valor de lo irrecuperable y de lo azaroso.

No importaba; quisiéranle o no, entre, ellos quería morir: morir en la cama de su madre.

La muerte parecía la ocasión para apartar piadosamente todos esos hechos y restaurar, en un acto final, el mundo perdido.

Se fue con la dignidad intacta. No padecía ninguna enfermedad conocida, no estaba asustada ni respiraba por los oídos como los moribundos comunes, simplemente anunció que ya no soportaba más el tedio de estar viva, se colocó su vestido de fiesta, se pintó los labios de rojo y abrió las cortinas de hule que daban acceso a su cuarto, para que todos pudieran acompañarla.

Quizás las muertes ajenas son las que alargan nuestra vida, pensó.

No sé si eres la muerte. Sé que estás en mi pecho.

Cuando morimos nos da la muerte media vuelta en nuestra órbita y emprendemos la marcha hacia atrás, hacia el pasado, hacia lo que fué. Y así, sin término, devanando la madeja de nuestro destino, deshaciendo todo el infinito que en una eternidad nos ha hecho, caminando a la nada, sin llegar nunca a ella, pues que ella nunca fué.

Aprendí entonces que algunas veces la muerte es más poderosa que el amor.

Habían decidido morir juntos, porque ella estaba en la última fase de un cáncer y preferían viajar a otra etapa tomados de la mano, como siempre habían estado, para que en el instante fugaz en que el espíritu se desprende no corrieran el riesgo de perderse en algún vericueto del vasto universo.

Su libro proponía que la muerte, con su ancestral carga de terrores, es sólo el abandono de una cáscara inservible, mientras el espíritu se reintegra en la energía única del cosmos.

A pesar de que ya era un anciano reducido sólo a huesos y pellejo y desde hacía meses estaba pudriéndose en su uniforme, en realidad muy pocos imaginaban que ese hombre fuera mortal.

Morir mañana es tan bueno como morir cualquier otro día.

Este entierro es un acontecimiento. Es el primer muerto de muerte natural que tenemos en muchos años.

No podía el incansable viejo darse por derrotado antes de morir.

¿Qué morirá conmigo cuando yo muera, qué forma patética o deleznable perderá el mundo?

Van a morir muchos pero no hay que llorar, la muerte es dicha para el buen creyente.

Es éste el consuelo, el placer y la razón de nuestras divagaciones mortuorias: ¡Tan lejos está la muerte, y tan imprevisto lo que debemos vivir aún!

Nadie vino a verla. Así estuvo mejor. La muerte no se reparte como si fuera un bien. Nadie anda en busca de tristezas.

Y vino la muerte, aquella muerte lenta, grave y dulce, indolorosa, que entró de puntillas y sin ruido, como un ave peregrina, y se la llevó a vuelo lento, en una tarde de otoño.

Cuando casi había conseguido su propósito, apareció su abuela Clara, a quien había invocado tantas veces para que la ayudara a morir, con la ocurrencia de que la gracia no era morirse, puesto que eso llegaba de todos modos, sino sobrevivir, que era un milagro.

Nadie piensa nunca que pueda ir a encontrarse con una muerta entre los brazos y que ya no verá más su rostro cuyo nombre recuerda.

Tomó conciencia de que la muerte no era sólo una probabilidad permanente, como lo había sentido siempre, sino una realidad inmediata.

La idea de la muerte llega siempre con paso de lobo, con andares de culebra, como todas las peores imaginaciones.

No hay quien me saque de la cabeza que el día en que me muera, si Dios me tiene en su gracia, nadaré solo por los espacios tenebrosos hasta que un ángel se acerque a mí, roce mi frente con sus alas, me eche los brazos al cuello, me bese y me invite dulcemente a tocar el tambor.

Vale más ser muerto desangrado que vivo con ella podrida.

A las ocho vino José María con la noticia, casi sin rodeos me dijo que Celina acababa de morir. Me acuerdo que reparé instantáneamente en la frase, Celina acabando de morirse, un poco como si ella misma hubiera decidido el momento en que eso debía concluir.

Pero morirse porque a uno le llegó la hora, o porque quién sabe quién lo ordena, es una cosa y que a uno lo maten para darle de comer a los bichos que hacen prueba, es otra cosa...

Ansias de morir le asaltaron. Morir no para unirse a su Dios, sino para dejar aquella vida miserable, onerosa, a una pobre anciana que él había envuelto y precipitado en su desgracia, y a un pueblo a quien él debía sustento, consideraciones, tal vez prestigio.

Lo único que llega con seguridad es la muerte, coronel.

La muerte era dulce, olía a vino y acariciaba sus cabellos.

Bajó sobre ellos la gran soledad de la naturaleza y comenzó a seguirlos de lejos, en puntillas, la muerte, pálida y fría como una camanchaca invisible.

¡Morir! He aquí mi inevitable y próxima suerte.

Estaba como dormida; pero dormida para siempre... ¡muerta! ¡sin que mis labios hubiesen aspirado su postrer aliento, sin que mis oídos hubiesen escuchado su último adiós, sin que algunas de tantas lágrimas vertidas por mí después sobre su sepulcro, hubiesen caído sobre su frente!

¡Dios mío, qué solos
Se quedan los muertos!

Al fin y al cabo se ha de morir, ¿verdad? Pues año más o menos, poco interesa; digo, a mí me lo parece.

Ya no había en aquellos dos hombres encono ni aversión: la amenaza de la muerte parecía restaurar en sus corazones la fraternidad que su pensamiento había roto.

¡La Ciudad de la Muerte! ¿Qué indiscreto mortal dijera una palabra de ella? Al decirla, por el solo hecho de decirla, mataría su alma inmortal... ¿Y qué mayor suplicio que el suplicio del No-Ser?

Le quitaste a la muerte las cadenas que apresaban sus pies, y ahora ella seguirá tus huellas hasta que mueras.

Los límites que separan la vida de la muerte son, en el mejor de los casos, borrosos e indefinidos... ¿Quién podría decir dónde termina uno y dónde empieza el otro?

Pero los hilos de nuestras vidas se acaban, se acaban si los seguimos devanando...

Estay se moría, sin majestad, sin convulsiones, sin tristezas. Moría, como muere un animal de su clase: emperrado.

Ciertamente, en mí existe, desde los comienzos de mi vida, la profunda preocupación del fin de la existencia, el terror a lo ignorado, el pavor de la tumba, o, más bien, del instante en que cesa el corazón su ininterrumpida tarea y la vida desaparece de nuestro cuerpo.

La muerte es cosa interminable... Una cosa que no termina nunca.

Cuando caigan secas—esas hojas que murmuran armoniosas sobre nuestras cabezas, yo moriré también, y el viento llevará algún día su polvo y el mío ¿quién sabe adónde?

Y es que el hombre no cree jamás en que la vida cesa; anima con la imaginación el cuerpo muerto cuyas moléculas se desagregan y entran al torbellino del eterno cosmos, y resiste a la ley ineludible de los seres.

Porque te has muerto para siempre,
como todos los muertos de la Tierra,
como todos los muertos que se olvidan
en un montón de perros apagados.

Нау que tomar la miette сото si iueia aspitina.

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