En ocasiones un potrillo de lai, lindo de estampa, juerte pal trabajo, ligero pal camino, va al poder de un gaucho vago que lo galopea a medio día y lo larga en noche de helada, sin tomarse siquiera el cuidao de pasarle el cuchillo por lomo.
El caballo viene hacia él. Siempre hace así. Se queda al lado hasta que él se vuelve hacia el rancho y entonces lo va empujando cariñosamente con la cabeza calzada en sus espaldas...
Para buen gaucho no hay caballo lerdo, ni hueso pelado para perro hambriento.
Mi caballo bonito, mi caballo, tú no eres una mujer como un volcán ni una potra de chiquilla con la cabeza rapada; una potranca mamona. Tú no insultas ni mientes ni te niegas a comprender. Mi caballo, mi caballo bonito.
No conozco el lenguaje del desierto, pero mi caballo conoce el lenguaje de la vida.