Juan José Morosoli, frases

A Sabino le pareció que tenía los ojos de vidrio helado, con reflejos que saltaban para todos lados, como si estuvieran rotos por dentro.

Entró en el galpón donde todo —hierro, trapos, latas— era viejo, miserable, oscuro y triste y sintió otra vez que estaba solo, dejado por los demás. Más solo que los otros que algunas veces se sentían infelices, pero que siempre tenían a otro infeliz cerca, para apoyarse.

¿Usted sabe lo que es esperar nada?

Pensamos en las noches de sus chozas con barro y sin luz. En sus catres sin calor. En la vigilia entre garúas y vientos.

—¡Pero que un monte es cosa linda!... Era una cosa linda que él poseía en silencio, domingo a domingo, mientras se le iban los años y se le iban los hombres. Era una cosa linda que lo poseía a él, sorbiéndole los ojos, entrándole una pereza gozosa, poniéndole en las venas una beatitud de miel espesa. Pero aún el monte le escondía algún secreto.

El caballo viene hacia él. Siempre hace así. Se queda al lado hasta que él se vuelve hacia el rancho y entonces lo va empujando cariñosamente con la cabeza calzada en sus espaldas...

Creo que el agua se queda quieta y no va a ningún lado. Oír esto es lindo. Es más lindo que oír los ruidos.

Pero los pensamientos vuelan como las semillas de cardo que se plantan solas, lejos de donde salieron.

Andrada y el monte se entendían en silencio. En el silencio hablaban solos.

El resplandor del fuego y el lengüeteo de las llamas salían puerta afuera y jugaban en el tartagal del patio como un viento de luz.

Porque uno anda sin que el destino se acuerde de uno, hasta que un día lo encuentra, se acuerda de uno y

El silencio ni los separaba ni los unía. Como si hubieran vuelto a su natural soledad.

A veces los cumpleaños sirven pa contar la vejez... Yo festejo el de los otros... No sé cuándo nací y no festejo nada.

Era fina, de muslos largos, menuda, color canela.

Las tres mujeres se echaron a llorar. Sabino sentía aquel llanto que se fundía en uno solo. Ancho, despacito y sin parar. Parecía salir de las ropas que caían flojas y sin arquearse en una sola curva. Un llanto que venía de todo, no sólo de las mujeres.

Traés yerba, galleta y fariña... Todo en gasto porque yo no quiero plata en casa... Tenés que decir siempre eso en el boliche... Porque tener plata es como tener enemigos o remordimientos...

Se hizo un silencio. Un silencio que no les dejaba sacar de adentro todo lo que tenían que decirse.

No hay cosa más linda que ir contra la opinión general y terminar por tener la admiración general.

Arce se quedó solo, verdaderamente solo, más allá de la soledad sin gente.

Pero morirse porque a uno le llegó la hora, o porque quién sabe quién lo ordena, es una cosa y que a uno lo maten para darle de comer a los bichos que hacen prueba, es otra cosa...

Más solo que antes, cuando era solo y no lo sabía...

Tenía conversación hecha de palabras y silencios, conversación con “más agujeritos que una puntilla”.

El oro y el campo es lo único que no muere... Pero el oro te lo pueden llevar y el campo no... ¿Entendés?

Perico deseaba irse un día aguas abajo y conocer bien el río. Lo que se dice bien. Porque un río debe tener cosas para ver que no se acaban nunca.

Una conversación llena de silencios y estrellas les endulzaba las horas.

Siempre le decía que parecía mentira que siendo tan viejo no hubiera aprendido a vivir.

Clorinda es una mujer que no alegra a nadie, pero tampoco entristece...

El monte se le entregaba como una mujer. Parecía esperarlo. Correr toda vida urgente y egoísta de su interior para quedarse escuchando cómo él iba y venía despacio, juntando leña para el fueguito del puchero, planchando a lomo de cuchillo varas de junco para hacer asientos de sillas.

Le seduce ese visteo. Los ojos parece que se hubieran ido, con miradas y todo, de regreso, que no estuvieran ya allí. O que nunca hubieran estado.

Don Felipe debió hacerse aguatero por el amor que le tenía al arroyo y al agua. Hablaba de cauces, árboles, camalotes y lamas, haciendo gustar la sensación de frescura de lo que evocaba. Las palabras entraban por la boca. Además era un poeta.

Andrada tenía sus ideas sobre la amistad. Los amigos había que aceptarlos como eran. Admitir que como venían se podían ir. Se perdían o se encontraban de golpe o despacito. Igual que las mujeres.

La muerte es cosa interminable... Una cosa que no termina nunca.

A él dándole golosinas ya lo tenían contento. Lo que menos apreciaba era la plata.