Acompáñame, Jacinto, a hacer algunas visitas, pero te encargo que estés en ellas más callado que un cartujo, porque tú no abres la boca sino para soltar alguna barbaridad; con que ya sabes, tu consigna es el silencio; tú necesitas aprender oratoria en escuela de sordomudos.
El silencio es como la lepra, declaró Wieder, el silencio es como el comunismo, el silencio es como una pantalla blanca que hay que llenar. Si la llenas, ya nada malo puede ocurrirte. Si eres puro, ya nada malo puede ocurrirte. Si no tienes miedo, ya nada malo puede ocurrirte.
¿Siente usted este profundo silencio que reina en todo el monte, que no suena un guijarro, que no se mueve una hoja, que el aire está inmóvil y pesa sobre los hombros y parece que aplasta?
El silencio ni los separaba ni los unía. Como si hubieran vuelto a su natural soledad.
No, no era posible calcular la hondura del silencio que produjo aquel grito. Como si la tierra se hubiera vaciado de su aire. Ningún sonido; ni el del resuello, ni el del latir del corazón; como si se detuviera el mismo ruido de la conciencia.
Se hizo un silencio. Un silencio que no les dejaba sacar de adentro todo lo que tenían que decirse.
Pero no pudo hablar, la voz se le quedó agarrada en el vientre, como una zarpa. Supo que se hundía.
Cuando llego a un corro, todos callan; cuando voy a pesar la harina, todos callan; y hasta de noche en el campo, cuando despierto, me parece que también se callan las ramas de los árboles
La quietud de la noche se fue espesando, rodeándole, cercándole, tocándole suave y deleitosa como un ungüento que le llegaba al corazón.
Cuando ambos sepan que bastaría una palabra y sin embargo callen, ¿quién vivirá en ese silencio?
La quietud sensibilizábase en una infinita sutilidad de cristal.