Gabriel Miró, frases

La mitad de los que se exaltan por un agravio, dejarían de enojarse si les quitásemos ese deleite furioso de decir lo que dicen, que torna a encenderles, y así van dándose la vuelta como una pescadilla frita mordiéndose la cola.

Está el cielo, el mismo cielo de la comarca de Sigüenza, redundando el paisaje, como la miel caliente que penetra en el pan.

Los sabios, después de cavilar, explicaron el prodigio con solemne elocuencia, porque los sabios pueden explicarlo todo.

Vemos nuestra angosta vida iluminada y agrandada por un antaño que sonríe con todas las sonrisas de las diosas desnudas.

La quise, ¡yo le juro que la quise sin fijarme en ella, sin complacerme en ella!... Ahora es cuando me detengo amándola, y la veo en todos sus instantes.

Las maderas se han hecho prietas, tomadas como de una pátina de vetustez y cariño; capas de cariño puestas por las miradas y respiración de los dueños.

El amor del que sufre es más virtuoso y admirable que el de las almas risueñas. Ser feliz y amar es tan llano como percibir el peligro y temer.

¿Para quién, Señor, la santidad de la tarde, que hace pensar dulcemente en la muerte como un enlace de la vida, si no hay nadie?

No hay obra suya que más se ame y que más nos posea que este mundo. Lo sabe el Señor; por ella dió su sangre, y yo doy mi gloria.

¿Qué son las estrellas, dices?... Pues... son... lucecitas que tienen los niños buenos cuando se mueren y suben al cielo.

Yo más quiero un mediano entendimiento y un corazón sencillo que mire las humildes hermosuras de la vida, que perciba sus menudas y escondidas sensaciones, y que como yo se contente aspirando el olor de la leña quemada y de la sembradura húmeda.

La arrepintiose de haber codiciado penetrar en el corazón de la doncella, huerto precioso y sellado, cuya fragancia podía tener sin quitarle su sosiego ni hollar las flores de su pureza.

Su envidia es de exquisito suplicio. No tienen un débil claror de esperanza de gustar lo envidiado.

La quietud de la noche se fue espesando, rodeándole, cercándole, tocándole suave y deleitosa como un ungüento que le llegaba al corazón.

Nunca se olvida la perfección de un pecho que nos hace niños siempre.

Mi ciudad está traspasada de Mediterráneo. El olor de mar unge las piedras, las celosías, los manteles, los libros, las manos, los cabellos.

Y es que hablé mal antes, porque el tiempo no pasa tan sólo sobre lo ajeno; pasa sobre todo, sobre todas las cosas y a todas las almas mitiga y las resigna...

De pronto tuvimos la conciencia de la soledad; de la soledad de nuestro cuerpo, de su latido caliente junto a la soledad de las aguas, soledad que no es un estado como en nosotros, sino un concepto sin realización humana.

La mujer, más amarga que la muerte; lazo de cazadores; red su corazón; prisiones sus manos.

¡Oh, era como la de la noche, y también su cuerpo espléndido, desnudo, juvenil, parecía lleno de luna!

No siempre el beso legítimo es de miel y vida para la boca besada... Yo sé que a veces tiene amargor y muerte...

Descansaba llena de luna la noche, y pareció suspirar y estremecerse como una doncella dormida, volviéndose, desnuda y casta, en la blancura de su lecho.

¡Pan, fruta, sol, fuentes y olor de años de infancia!