Sino que aquel corazón de niño, que no ha sentido el hálito de otro corazón hidalgo; que al abrirse a la vida del afecto, no ha conocido un sér que le proteja, que por su sér se interese, que le arroje un mendrugo de cariño, siente ahora, con esa intución de la niñez desamparada, haber entrevisto la felicidad para perderla al punto.
Pero era tan cariñoso y tan zalamero, que cada una de esas travesurillas le valía un rosario de besos del padre, de la madre o de la abuelita, que él recibía riéndose a carcajadas y mostrando su desigual y naciente dentadura.
"El niño" era antes que todo; sólo "el niño" la ponía de buen humor; sólo "el niño" arrancaba risas a esa boca donde palpitaban airadas palabras y gruñidos.
Mi niño querido, mi único consuelo en esta vida, ilumináme lo que he de hacer pa arreglar esto. Mandáles aplicación y formalidá a estos niños, pa que yo pueda seguir en mi escuelita, pa que pueda conseguir el pan nuestro de cada día; pa que no tenga que pedilo. No me dejés de tu mano, niño adorado.
Paulina y yo mirábamos en éxtasis las cabezas rubias de los tres diablillos, cuyas manitas untadas de dulce pedían más, siempre más golosinas, para festejar el año nuevo, la vida eternamente nueva que corría embriagadora por las venas del mundo…
Una de las trampas de la infancia es que no hace falta comprender algo para sentirlo. Para cuando la razón es capaz de entender lo sucedido, las heridas en el corazón ya son demasiado profundas.
De la chifladura de sus padres sería inútil hablar, porque ustedes la adivinan. Estaban chochitos; no conocían otro Dios que el tal muñeco.
De la cuna nos viene la tristeza
y también de la cuna la alegría...
"Tengo muchas flores hermosas -se decía-, pero los niños son las flores más hermosas de todas."
Tener un hijo no es tener un ramo de rosas. Hemos de sufrir para verlos crecer. Yo pienso que se nos va la mitad de nuestra sangre.
Las palabras con que se envenena el corazón de un hijo, por mezquindad o por ignorancia, se quedan enquistadas en la memoria y tarde o temprano le queman el alma.
El gesto de amargura del hombre es, con frecuencia, sólo el petrificado azoramiento de un niño.
Los niños son crueles, glotones y envidiosos; son perfectos hombrecitos, y el tiempo, incapaz de transformar la índole de sus pasiones, les enseña solamente el disimulo.
¡Pan, fruta, sol, fuentes y olor de años de infancia!
Para mí, un niño, toda palabra que me dirigías era como un precepto divino, nunca lo olvidaba, lo asimilaba como el medio más eficaz para juzgar el mundo.
La infancia, que en su insaciable curiosidad se asombra de cuanto la naturaleza, divina enseñadora, ofrece nuevo a sus miradas.