Ni un amigo ni una compañera le quedaban en su ocaso, a ella que los tuvo sin cuento en su cenit; ni una palabra de conmiseración a ella que oyera tantas lisonjas.
Presentía su fin muy próximo pero sin pena: antes bien con una dulce serenidad.
¡No hay qué hacer con el progreso! Es un Micifús artero, perseverante, que espera el momento preciso, el cuarto de hora de los pueblos, para echarles el zarpazo.
Sino que aquel corazón de niño, que no ha sentido el hálito de otro corazón hidalgo; que al abrirse a la vida del afecto, no ha conocido un sér que le proteja, que por su sér se interese, que le arroje un mendrugo de cariño, siente ahora, con esa intución de la niñez desamparada, haber entrevisto la felicidad para perderla al punto.
"El niño" era antes que todo; sólo "el niño" la ponía de buen humor; sólo "el niño" arrancaba risas a esa boca donde palpitaban airadas palabras y gruñidos.
La soledad y el hielo de su vida le acosan en este día en que se rinde culto a la familia, se prende el lar de los afectos y se piensan en los ausentes y en los muertos queridos.
Mi niño querido, mi único consuelo en esta vida, ilumináme lo que he de hacer pa arreglar esto. Mandáles aplicación y formalidá a estos niños, pa que yo pueda seguir en mi escuelita, pa que pueda conseguir el pan nuestro de cada día; pa que no tenga que pedilo. No me dejés de tu mano, niño adorado.
No fue Maestro atrabiliario ni de viarazas: si chuzaba y daba azotes a la indómita chusma, obedecía a la consigna del superior, a la ley de su tiempo, en que era un axioma aquello de "la letra con sangre entra y la labor con dolor".
Lo que sufrí en ese monte con ese mal tan violento me parece que me ha de servir pa compurgar mis culpas.
Solitarios como la tristeza, silenciosos como la virtud, se acurrucaban los dos esposos todo el día, y el otro, y el siguiente.
Por lo mismo que su matrinomio no fue, propiamente, el paraíso de las dichas, ni ella el espejo de las casadas, aspira a segundas nupcias; que un clavo saca otro clavo, y al ladrón arrepentido hay que dejarlo entrar para que muestre su enmienda.
Allá abajo fuiste un gusano arrastrao por el suelo; aquí sos el alma gloriosa que más ha ganao.
En su anonadamiento no pensaba en el cielo ni en la tierra; no pensaba en nada que pudiera redimirla. ¡Qué iba a pensar la infeliz! Sólo sentía el hambre de la bestia que ya no puede buscarse el alimento; sólo el frío del ave enferma que no encuentra el nido.
Sentíame como si todos los resortes de mi alma se hubiesen roto: sin fe, sin ilusiones… Cerraba bien los ojos para irme muriendo y descansar; pero no: tristezas espantosas pasaban por mi cabeza. Exhalaba hondos suspiros.
Su corazoncito se le va apretando. Siente angustia, susto, piensa unas cosas vagas que le causan miedo y que le dan tristeza.
Pero esta otra del corazón; esta necesidad de un ser a quién amar, con quién compartir la negra existencia; esta soledad de la vejez, no podía, no era capaz de arrostrarla.
Era uno de esos seres a quienes la rueda de la vida va empujando al rodadero, sin alcanzar a despeñarlos. Más que vieja, estaba maltrecha, averiada por la miseria y las borrascas juveniles.
Y lo peor era que eso que al principio no pasaba de un capricho me fue alborotando con el obstáculo; que se tornó en deseo, en deseo apremioso, irresistible.
Ansias de morir le asaltaron. Morir no para unirse a su Dios, sino para dejar aquella vida miserable, onerosa, a una pobre anciana que él había envuelto y precipitado en su desgracia, y a un pueblo a quien él debía sustento, consideraciones, tal vez prestigio.
No había qué hacer con la indómita: ni por las buenas, ni por las malas, ni haciéndose el desentendido, sacaba de ella el pobre Maestro cosa de provecho. Y era lo peor que ni siquiera inquina le podía cobrar.
La felicidad que nota en tanta cara extraña le hace más acerba su desgracia.