Desgracias, frases

La tacañería es uno de los síntomas más claros de que se es profundamente desgraciado.

La asiduidad del infortunio tiene algo bueno, y es que, atormentando sin descanso, concluye por endurecer. La fortuna no te dio ni un solo día sobre el que no hiciese pesar la desgracia, ni siquiera exceptuó el de tu nacimiento.

El constante padecer que le envenenaba todos los placeres, comenzó a influir de modo notable en su carácter: se tornó hipocondríaco, pesimista, irascible.

Tenía mucho miedo á los grandes dolores morales, porque sabia por experiencia que su sensibilidad para esta clase de males era refinada, carne viva.

La desgracia es como una bola de nieve. Ha caído sobre mí y me ha aplastado como a vil gusano. Hoy soy un pobre náufrago sin rumbo ni salvación posible.

La ausencia de Amparo Medina lo invadió por dentro, como una enfermedad maligna, sintió que se le aguaba la sangre, se le oscurecían los recuerdos, se le tornaban los huesos de algodón, se le llenaba el espíritu de dudas.

A la desgracia no se acostumbra uno, créame, porque siempre nos hacemos la ilusión de que la que estamos soportando la última ha de ser, aunque después, al pasar de los tiempos, nos vayamos empezando a convencer —¡y con cuánta tristeza!— que lo peor aún está por pasar…

Las más grandes tragedias de los hombres parecen llegar como sin pensarlas, con su paso, de lobo cauteloso, a asestarnos su aguijonazo repentino y taimado como el de los alacranes.

Sentíame como si todos los resortes de mi alma se hubiesen roto: sin fe, sin ilusiones… Cerraba bien los ojos para irme muriendo y descansar; pero no: tristezas espantosas pasaban por mi cabeza. Exhalaba hondos suspiros.

Hasta entonces, unas veces los viajes, otras la soledad y el apartamiento del mundo, la premeditada alternativa de las distracciones y del hogar, habían mantenido a Helena en esa desesperanza tranquila y resignada con que piensan en la felicidad por el amor los que desconfían de ella.

No, la desgracia no nos vuelve más racionales ni nos enseña lecciones, ni nos rebaja los humos ni el postureo ni la presunción. Todo persevera inmutable y me temo que perseverará.

La habían hecho entrever el mundo de las penas que son castigo; mundo que la horrorizaba, en que jamás había querido pensar. ¡Qué cosas imaginaba aquel hombre! Si la pasión pecaminosa, satisfecha, debía traer consigo una desgracia inmensa, qué infierno la aguardaba á ella!

La desgracia es alegre, acogedora, y el más tierno sentir gozamos en hacerlo arrastrar sobre la plaza inmensa de vidrios que va siendo ya nuestra alma.

En la desdicha sólo han visto una buena oportunidad para seguir cada cual con su objetivo o su obsesión, y afianzarlos.

Las desgracias caen de repente, cuando uno menos se las espera.

Los fuertes parecían rendidos, los jóvenes avejentados, los viejos medio muertos.

La miseria es múltiple. La desgracia afecta diversas formas. Extendiéndose por el vasto horizonte como el arco iris, sus colores son tan variados, tan distintos y hasta tan íntimanente mezclados, como los que presenta ese fenómeno. ¡Extendiéndose por el vasto horizonte como el arco iris!

La vida, el sufrimiento, la soledad, el abandono, la pobreza, son campos de batalla que tienen sus propios héroes, héroes oscuros, a veces más grandes que los ilustres.

Ante aquella mujer, buena y sin ventura, el alma se sentía invadida de tedio y desesperanza, porque aún engendra más escepticismo la desdicha del justo, que la prosperidad del malo.

Desde que soy desgraciado, amo a los desgraciados, a los caídos, a los pisados.

Salcedo había sido infeliz toda su vida. Su alma buena, plena de afectos, hubo de sufrir repetidas y amargas decepciones. Los hombres traicionaron su amistad, las mujeres desdeñaron su amor.

La verdadera desdicha, la aflicción última, en realidad es particular, no difusa. ¡Demos gracias a Dios misericordioso que los horrorosos extremos de agonía los sufra el hombre individualmente y nunca en masa!

Nuestro patrimonio común parece tan ruin, que el poder consiste en la miseria ajena, y la dicha en la ajena desventura. Nos repartimos aviesamente la vida, y nos reconforta la agonía del prójimo.

La felicidad que nota en tanta cara extraña le hace más acerba su desgracia.