Venid, que ya el astro protector de los misterios brilla en la plenitud de su hermosura.
Muchas veces salía de casa cuando aún era de noche y veía la estrella del crepúsculo palpitar y disolverse como una perla en el horno de la aurora llena de resplandores.
Otra noche pasada había mirado hacia los astros; nada ganaba con recordarlo. Ya no era aquél, ni los astros eran los mismos que su mirada juvenil contempló.
El cielo ardía de estrellas, algunas grandes y de luz soberbia, otras como llamitas de fósforos.
Había estrellas fugaces. Caían como si el cielo estuviera lloviznando lumbre.