Muchas veces se le figuraba que en su vida había una ventana abierta a un abismo. Asomándose a ella, el vértigo y el horror se apoderaban de su alma. Por cualquier cosa, con cualquier motivo, temía que este abismo se abriera de nuevo a sus pies.
La novela en general es como la corriente de la historia: no tiene principio ni fin; empieza y acaba donde se quiera.
Yo, en el fondo, estoy convencido de que, la verdad en bloque, es mala para la vida. Esa anomalía de la naturaleza que se llama la vida necesita estar basada en el capricho, quizá en la mentira.
Andrés no era de estos hombres que consideran el leer como un sucedáneo de vivir; él leía porque no podía vivir.
Muchas veces salía de casa cuando aún era de noche y veía la estrella del crepúsculo palpitar y disolverse como una perla en el horno de la aurora llena de resplandores.
Yo le saludo con más respeto a un perro de aguas, que al señor párroco.
—Para mí la consecuencia es fácil—contestó Iturrioz con el bote de agua en la mano—. Que la vida es una lucha constante, una cacería cruel en que nos vamos devorando los unos a los otros. Plantas, microbios, animales.
La ciencia es la única construcción fuerte de la Humanidad. Contra ese bloque científico del determinismo, afirmado ya por los griegos, ¿cuántas olas no han roto? Religiones, morales, utopías; hoy todas esas pequeñas supercherías del pragmatismo y de las ideas-fuerzas..., y, sin embargo, el bloque continúa inconmovible, y la ciencia, no sólo arrolla estos obstáculos, sino que los aprovecha para perfeccionarse.
El hombre, cuya necesidad es conocer, es como la mariposa que rompe la crisálida para morir. El individuo sano, vivo, fuerte, no ve las cosas como son; porque no le conviene. Está dentro de una alucinación.
En todas partes el hombre en su estado natural es un canalla, idiota y egoísta.
Lulú tenía una idea absurda de su marido, lo consideraba como un portento.
Para Tellagorri, los perros si no hablaban era porque no querían, pero él los consideraba con tanta inteligencia como una persona.
La vida, créelo, Nanette, no acaba nunca... Siempre se está al principio... y al fin.
Carezco de la vocación de héroe. Soy un espectador, un curioso y nada más. En algunas circunstancias las impresiones de las vidas vulgares, contadas con exactitud y con detalles, pueden tener algún interés y dar el carácter de la época con tanta exactitud como la de los hombres arriesgados y extraordinarios.
La vida era una corriente tumultuosa e inconsciente donde los actores representaban una tragedia que no comprendían, y los hombres, llegados a un estado de intelectualidad, contemplaban la escena con una mirada compasiva y piadosa.
El mundo le parecía una mezcla de manicomio y de hospital; ser inteligente constituía una desgracia, y sólo la felicidad podía venir de la inconsciencia y de la locura.
La vida en general, y sobre todo la suya, le parecía una cosa fea, turbia, dolorosa e indominable.
—Hemos llegado a querernos de verdad—decía Andrés—, porque no teníamos interés en mentir.