Ojos, frases

Y contrastando, en el fino cobre del rostro, con aquella melena de ardiente lobreguez, que devoraba las finas cejas nerviosas, sus ojos azules, hondísimos, inmensos, que un poeta árabe habría cantado, al morir por ellos de amor, "implacables como el destino y largos como el tormento", dilataban, con la pureza inconquistable de la luz, la antigua serenidad del mar violeta.

He tenido ojos verdes como las algas que crecen al pie de los muros de mi palacio y que son las que dan al mar ese color verde que admiráis tanto, señora.

A Sabino le pareció que tenía los ojos de vidrio helado, con reflejos que saltaban para todos lados, como si estuvieran rotos por dentro.

Los ojos eran lo único inquietante en aquella cara bondadosa de sacristán de aldea: unos ojos pequeños y triangulares sumidos entre bullones de grasa; unos ojillos estirados, que recordaban los de los cerdos, con una pupila maligna de azul sombrío.

Los he tenido negros, negros como el fondo del mar, como un pecado, como la noche, como la germinación de un crimen, como una deslealtad, como el alma de la sombra, negros como esta perla en la cual termina mi cuerpo torneado.

Cuatro cosas hay que nunca están contentas, que siempre son insaciables: la boca de Jacala, el buche del milano; las manos de los monos y los ojos del hombre.

Y tú te estremeciste, y una divina malicia brilló en el fondo de tus ojos.

¿Por qué quieren ver tus ojos lo que no vieron jamás los humanos ojos?

Yo he tenido ojos azules, azules como el cielo, como el agua clara, como esas noches que dejan ver la vía láctea, azules como el borde de las conchas que crecen en la desembocadura de los grandes ríos. Con ellos veía yo todo azul, azul, azul....

No sé qué me decían sus ojos; posiblemente me daban toda su vida y toda su alma en una entrega infinitamente dichosa.

Sólo vi tus ojos reflejados en el agua y entonces ya no pude ver mi reflejo sin el tuyo a mi lado.

La abuela lo miró con aquellos ojos medio grises, medio amarillos, que ella tenía y que parecían adivinar lo que había dentro de uno.

Pero los ojos del dictador, nublados por la edad y el ejercicio de tantas crueldades, tenían todavía un fulgor de dominio que la paralizó en su silla.

Yo tengo alguna idea, como todo hombre, de lo que son dos ojos que nos aman cuando uno se va acercando despacio a ellos. Pero la luz de aq- uellos ojos, la felicidad en que se iban anegando mientras me acercaba, el mareado relampagueo de dicha —hasta el estrabismo— cuando me incliné sobre ellos, jamás en un amor normal a treinta y siete grados los volveré a hallar.

Jordan contempló la morena cara de la muchacha y vio que los ojos de ella eran por primera vez tan jóvenes como el resto de sus facciones, sólo que, además, se habían vuelto de repente ávidos, juveniles y ansiosos.

Aun a distancia, los ojos mostraban la fuerza de sus almas. Y esos ojos hablaban de muerte.

Tenía una mirada traviesa y profunda, capaz de penetrar la maldad más recóndita y regresar intacta.

No hay angustia comparable a tus ojos oprimidos.

Los ojos a un tiempo duros y líquidos, con una mirada temblorosa, una doble burbuja de vidrio: amarillos como los del padre, pero más francos, menos acostumbrados a fingir con naturalidad.

Todo en él era viejo, salvo sus ojos; y estos tenían el color mismo del mar y eran alegres e invictos.

¡Qué cosas ven los ojos cuando están cerrados!

Alzó los ojos para verme con la más arrobadora expresión que pueden producir, al combinarse en la mirada de una mujer, la ternura y el pudor, la reconvención y las lágrimas.

Esperó con ansia casi dolorosa el instante en que los ojos de ella, en un súbito resplandor de dichosa sorpresa, lo reconocerían entre el grupo.

Me habían llevado allí sus ojos, sus ojos, que son refulgentes estrellas mellizas en la nebulosa de mi mundo.

El día en que salté sobre ella con mi Relámpago creí haber visto brillar en su fondo una cosa extraña ... muy extraña ... los ojos de una mujer. Tal vez sería un rayo de sol que serpeó fugitive entre su espuma; tal vez una de esas flores que flotan entre las algas de su seno, y cuyos cálices parecen esmeraldas ... no sé: yo creí ver una mirada que se clavó en la mía; una mirada que encendió en mi pecho un deseo absurdo, irrealizable: el de encontrar una persona con unos ojos como aquellos.

Los ojos muestran la fuerza del alma.

Al fin, podrás ver esos ojos de mar que fluyen, se hacen espuma, vuelven a la calma verde, vuelven a inflamarse como una ola: tú los ves y te repites que no es cierto, que son unos hermosos ojos verdes idénticos a todos los hermosos ojos verdes que has conocido o podrás conocer. Sin embargo, no te engañas: esos ojos fluyen, se transforman, como si te ofrecieran un paisaje que sólo tú puedes adivinar y desear.

Aquella mirada me prometió el cielo, donde acaso estaba ya el mártir.

En tus dulces ojos verdes –que empañarían lágrimas de gratitud para la vida amable– me recrearía en contemplar el pasado; así como en los ojos ingenuos de nuestros hijos, tú y yo, medrosos, miraríamos nacer el sol del porvenir que no veríamos.

Ojos verdes eran los suyos; magníficos ojos verde mar, esmeraldas de todas aguas, en cuyo fondo titilaban puntitos de oro como estrellas.

Era exactamente los ojos de un gato, algo vidriosos, iluminados por dentro, centelleantes e inquietos.

Yo creo que he visto unos ojos como los que he pintado en esta leyenda. No sé si en sueños, pero yo los he visto. De seguro no los podré describir tales cuales ellos eran, luminosos, transparentes como las gotas de la lluvia que se resbalan sobre las hojas de los árboles después de una tempestad de verano.

Vio sus ojos, secos, muy secos y muy lindos, de los que nunca él conseguíría —pensaba—, rebeldes como eran, hacer brotar una lágrima. No obstante, ahora parecían humildes.

Su imaginación, exaltada, le pintó esos ojos únicos e imposibles; ojos profundos en cuyas pupilas se repetía el horizonte... o se formaba un horizonte nuevo; verdes ojos marinos, mares ellos mismos; ojos insondables, oceánicos...

Le seduce ese visteo. Los ojos parece que se hubieran ido, con miradas y todo, de regreso, que no estuvieran ya allí. O que nunca hubieran estado.

La pureza de su alma batalladora y alegre resplandecía en sus claros ojos de un gris húmedo y sembrado de polvillo de estrellas.

Miguel creía todo lleno de los ojos grandes de Margarita, y en los ojos de ella lo veía todo: el campo grande y florido, como su ilusión; los cañares esmeraldinos; los charcos de sombra de los copudos mangos, los extensos terrenos baldíos; el verde subido de los huertos; el bamboleo marcial de los platanares…

Lucía un par de ojos negros que eran como dos torpedos cargados con dinamita y que hacían explosión sobre las entretelas del alma de los galanes limeños.

Los más 'vivos' de aquellos ojos eran de plata, y simbolizaban a la luna o las estrellas, astros del amor fatal.

La gente común ve con la luz que le entra por los ojos. Pero la condición de iluminar sólo la posee la pupila del ángel.

Ante los insultos y las ofensas, no tenía más venganza que la mirada tristísima de sus ojos, muy grandes, de pupilas muy negras, nadando en unas córneas de un blanco azulado que le servían de marco admirable. Jamás había una lágrima en esos ojos que parecían llorar siempre.

Tus ojos son la patria del relámpago y de la lágrima,
silencio que habla,
tempestades sin viento, mar sin olas,
pájaros presos, doradas fieras adormecidas,
topacios impíos como la verdad,
otoño en un claro del bosque en donde la luz canta en el hombro
de un árbol y son pájaros todas las hojas,
playa que la mañana encuentra constelada de ojos,
cesta de frutos de fuego,
mentira que alimenta,
espejos de este mundo, puertas del más allá,
pulsación tranquila del mar a mediodía,
absoluto que parpadea,
páramo

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