Pablo Palacio, frases

Y sentía que cada vez se estrechaba más hacia mí. Yo apretaba su amor entre mis manos y no quería dejarlo escapar y estaba atento a sus zozobras, a sus sospechas, a sus inquietudes para ablandarme y modelarme, no importaba a costa de qué sacrificios. Me parecía que estaba bien así el juego de la vida y veía con cristalina transparencia que nuestro amor era un balanceo mutuo hacia el engaño, con las garras escondidas.

El amor no es un mandato. Como todos mis demás sentimientos es mi propiedad.

La rabia del señor Gual es la del que ve fructificar lo que es suyo y no poseyó. Tal vez sea igual a la de la madre cuyo hijo se hace soldado e, inversamente, a la de la mujer que parió un muerto.

Eran como golondrinas que emigraran al llegar el invierno. Sus corazones estaban llenos de amor y por ende de esperanza.

Y me pareció que la vida podía ser así bastante agradable, aunque al fondo quedara un leve sabor amargo y un descorazonamiento de alas rotas.

Y cuando en la soledad lanza una mirada al espacio, parece interrogar al infinito, parece que con ansia dijera: «Vuelve, madre querida, cuanto tardas».

Y crecía el huerfanito, tanto física como moralmente: sus largas horas, negras de infortunio, habían formado en él un corazón tierno.

El Amor cual una ave carnicera, después de apurar toda la sangre de mi corazón, se elevó de nuevo a las alturas en busca de otro, sobre el cual cernerse.

Hay que esperar. La vida es una paralización de espera.

de quien han hecho festín todos los dolores. Empecé por amar y hoy sólo sé que el amor es dolor. ¡Y cuán bello es! Como las rosas. Pero ¡y de aquél que se atreva a arrancarlas sin cuidado: sentirá el agudo punzar de las espinas, que se le irán muy hondo, muy hondo…! Como las llevo yo.

Miguel creía todo lleno de los ojos grandes de Margarita, y en los ojos de ella lo veía todo: el campo grande y florido, como su ilusión; los cañares esmeraldinos; los charcos de sombra de los copudos mangos, los extensos terrenos baldíos; el verde subido de los huertos; el bamboleo marcial de los platanares…

Entonces empezó a asaltarme la cólera, despiadadamente, llenándome el cerebro de sangre, convulsionándome, en torbellino.

Siente la soledad sobre él. La soledad que nos da de puñetazos hasta hacernos caer la cara sobre el pecho. Solo consigo mismo. Y la soledad trae la amargura, de cara estirada, rectangular, con un raro mechón de cabellos sobre la frente.

Y me sentía tan en sus brazos como cuando un niño se le cuelga a uno al cuello y no es posible desasirse, pues hacer un esfuerzo, esquivándolo, pondría un nudo en nuestra garganta.