Dios, me alegro de no estar ya encolerizado. Es como cuando uno se siente incapaz de respirar en medio de una tormenta. Y enfurecerse es uno de esos condenados lujos que no puedo permitirme.
La rabia del señor Gual es la del que ve fructificar lo que es suyo y no poseyó. Tal vez sea igual a la de la madre cuyo hijo se hace soldado e, inversamente, a la de la mujer que parió un muerto.
Había luchado toda su vida contra la cólera, que le espesaba la sangre y lo hacía estallar en arranques incontenibles.
Cuando se franquea cierto límite de respeto al varón, la mujer puede llegar a decir a su marido cosas increíbles.
Tú te callas; pero por dentro estás furioso. Te conozco.
Entonces empezó a asaltarme la cólera, despiadadamente, llenándome el cerebro de sangre, convulsionándome, en torbellino.