Estos recuerdos, estos lazos, son de los que no se olvidan.
Con los ojos del recuerdo, la vió.
¿Cuánto tiempo se necesita para que los seres que amamos y que nos aman nos olviden? ¿Olvidar es delito? ¿Los que olvidan son malos?
Evocar recuerdos era para mí equivalente a registrar un cementerio, deletreando en las lápidas nombres de gentes que hemos amado.
Nada puede durar tanto, no existe ningún recuerdo por intenso que sea que no se apague.
Y pensó que, así mismo, su recuerdo, aunque era ahora en él resplandeciente y luminoso como un sol, se iría apagando...; y que algún día, no obstante se empeñara en evitarlo, habría de olvidar... ¡Porque en la vida se olvida todo!
Más tarde habría de arrepentirse, sin duda; porque son terribles las resurrecciones del recuerdo; porque, cuando con él el pasado vuelve, vuelve armado de eternidad. Y la eternidad confunde y anonada la humana pequeñez.
Algo ocurrió entonces en su interior; algo misterioso y definitivo que lo desarraigó de su tiempo actual y lo llevó a la deriva por una región inexplorada de los recuerdos.
A veces sentía unos ramalazos de culpa, pero enseguida le fallaba la memoria y las imágenes del pasado desaparecían en una niebla densa.
Se sintió olvidado, no con el olvido remediable del corazón, sino con otro olvido más cruel e irrevocable que él conocía muy bien, porque era el olvido de la muerte.
La memoria es el deseo satisfecho: sobrevive con la memoria, antes que sea demasiado tarde, antes que el caos te impida recordar.
La memoria es el deseo satisfecho hoy que tu vida y tu destino son la misma cosa.
Me espanta pensar con qué puntualidad me es fiel la memoria, en estos momentos en que todos los hechos de mi vida —sobre los que no hay maldita la forma de volverme atrás— van quedando escritos en estos papeles con la misma claridad que en un encerado.
A veces para exorcizar los demonios de un recuerdo es necesario contarlo como un cuento.
Quién sabe si el recuerdo puede realmente prolongar las cosas, entrelazar las piernas, abrir las ventanas a la madrugada, peinar el cabello y resucitar los olores, los ruidos, el tacto.
Tajo de tu memoria, que separa las dos mitades; soldadura de la vida, que vuelve a unirlas, disolverlas, perseguirlas, encontrarlas: la fruta tiene dos mitades: hoy volverán a unirse: recordarás la mitad que dejaste atrás: el destino te encontrará.
Todo va tan rápido, y hay tal necesidad de amnesia y de pasar en seguida a otra cosa, que se corre el riesgo de que las mayores felonías queden sepultadas.
Nunca quiso revivir ese recuerdo porque le traía otros, como si rompiera un costal repleto y luego quisiera contener el grano.
Yo también, a los veinte años, creía tener recuerdos. Esos recuerdos eran apacibles, llenos de una melancolía pulcra. Los cuidaba y hacía revivir todos los días, del mismo modo que me rizaba el bigote y me perfumaba el cabello.
Entonces más vale recordar. Dicen que es bueno recordar.
Era todavía demasiado joven para saber que la memoria del corazón elimina los malos recuerdos y magnifica los buenos, y que gracias a ese artificio logramos sobrellevar el pasado.
¿A qué luchar? Esperad –como yo lo hago– que la hora llegue, escrutando en el recuerdo, en la honda sima, del recuerdo, las huellas de la vida mala.
¡Ah, si se lograra impedir que con los soles nuevos venga el olvido! ¡Ah, si se lograra detener la obra cicatrizadora y sanitaria del tiempo, que echa su generoso polvo de antigüedad —uno a manera de talco secante— sobre las llagas sangrantes!
En ocasiones estoy meditando acerca de tal o cual punto y llega un momento en que me urge un recuerdo, que seguramente, un rincón oscuro en nuestras evocaciones es lo que más martiriza nuestra vida intelectiva.
Encontrarás más cercana la voz de mis recuerdos que la de mi muerte, si es que alguna vez la muerte ha tenido alguna voz.
A él le hubiera gustado saber que alguien le quería mantener vivo, que le recordaba. Él solía decir que existimos mientras alguien nos recuerda.