Y contrastando, en el fino cobre del rostro, con aquella melena de ardiente lobreguez, que devoraba las finas cejas nerviosas, sus ojos azules, hondísimos, inmensos, que un poeta árabe habría cantado, al morir por ellos de amor, "implacables como el destino y largos como el tormento", dilataban, con la pureza inconquistable de la luz, la antigua serenidad del mar violeta.
No sé por qué Dios nuestro señor no ha dispuesto que nuestros maridos no sufran los mismos dolores que nosotras cuando damos a luz un niño; así se enseñarían a tener más cariño por sus madres, conociendo lo que han sufrido, y más consideración a sus mujeres.
No hay divinidad a quien se rinda culto más sincero y universal que a la Fortuna. Los hombres desde que empiezan a serlo, en lo que llaman edad de la razón le consagran la vida. Fortuna en cambio con la esperanza les atrae, con la codicia les excita, con la molicie les corrompe, o con la soberbia les ciega, hasta que enseñoreada de ellos, les deja unas veces que realicen su ambición y otras que satisfagan su apetito.
¿Por qué buscas con él la soledad que tantas veces me dijiste te era odiosa sin mí?
Estos recuerdos, estos lazos, son de los que no se olvidan.
Entonces —sólo entonces— pensó rápidamente en la venganza. Todo el odio que había acumulado calladamente, ignorándolo él mismo, reventó en explosión inusitada.
¡Ah, si yo pudiera no olvidarla! ¡Gustoso sufriría por ella antes que sentirme vacío de ella!
El semblante del desconocido habíase demudado con angustia mortal. Su visible dolor hallábase tan lejos de la ofensa, que cualquier sospecha hostil transformábase en compasión.
Allá lejos, en la línea como trazada con un lápiz azul, que separa las aguas y los cielos, se iba hundiendo el sol, con sus polvos de oro y sus torbellinos de chispas purpuradas, como un gran disco de hierro candente.
Te lo prometo, a pesar de que la tendencia natural del hombre es al progreso, a mejorar lo que es susceptible de mejoramiento...
Morir, y joven: antes que destruya
el tiempo aleve la gentil corona
cuando la vida dice aún: ‘soy tuya’,
aunque sepamos bien que nos traiciona”
Frisaba ya en los setenta años; era delgado, pálido, de pequeña estatura, pero vigoroso, activo y ligero, y bajo aquel aspecto de ancianidad llevaba el alma de un niño y el corazón de un ángel.
He tenido ojos verdes como las algas que crecen al pie de los muros de mi palacio y que son las que dan al mar ese color verde que admiráis tanto, señora.
A los de abajo no nos quea otro recurso que rabiar trabajando pa otros o seguir la única carrera que da dinero y nombre: matá.
En este silencio, en esta calma inactiva, había amores.
El libro de mi vida tiene una sola página de elicidad, y esa es la tuya.
Como ésa, hay muchas almas, en las que han quedado las creencias transfiguradas en espectros, que perturban el sueño con quejidos, sólo perceptibles para ellas, ó en espíritus luminosos, pero mudos; almas tristes, como isla enmedio del océano, que miran con envidia á la ola sumisa y á la ola resueltamente rebelde; almas cuyos ideales semejan estalactitas de una gruta obscura, bajo cuyas bóvedas muje el viento nocturno; almas que se ven vivir, cual si tuvieran siempre delante algún espejo, y á ocasiones, medrosas, apocadas, ó por alto sentido estético y moral, cierran los ojos para no mirarse; almas en cuyo hueco más hondo atisba siempre vigilante y duro juez; almas que no sintiéndose dueñas de sí mismas, sino esclavos de potencias superiores é ignotas, claman en la sombra: ¿en dónde está, cuál es mi amo?
Non se puede ser santo e comerchante a la veche, non. Per ganare la plata se necesita malizia.
Y empezó la charla, esa charla agradable y suelta que me place entabler con los bravos hombres toscos que viven la vida del trabajo fortificante, la que da la buena salud y la fuerza del músculo, y se nutre con el grano del poroto y la sangre hirviente de la viña.
Y las pobre mujeres veían un rayo de esperanza, porque en los grandes infortunios, los que no creen en los milagros sueñan siempre con lo inesperado.
A Sabino le pareció que tenía los ojos de vidrio helado, con reflejos que saltaban para todos lados, como si estuvieran rotos por dentro.
El color de un crepúsculo. El rojo era demasiado rojo. El quería un color como el sol cuando ya se ha ocultado, algo como los pétalos de las florecillas rosadas.
Y confiemos siquiera en que la muerte nos dará un poco más de lo que nos dió la vida.
Con los ojos del recuerdo, la vió.
¿Ves este rosal recién sembrado? Si me olvidas, no florecerá; pero si sigues siendo como eres, dará las más lindas rosas, y se las tengo prometidas a la Virgen con tal que me haga conocer por él si eres bueno siempre.
Si hay Dios, todo está bien. Si no hay Dios, todo está mal.
¿Cuáles leyes, Fulgor? La ley de ahora en adelante la vamos a hacer nosotros.
Ser sabio... es tener el derecho de equivocarse.
La soledad con sus mil rumores desconocidos, vive en aquellos lugares y embriaga el espíritu en su inefable melancolía.
Entró en la población, como los generales tras el triunfo. La vanidad y el orgullo amenazaban desmontarlo del caballo.
Entró en el galpón donde todo —hierro, trapos, latas— era viejo, miserable, oscuro y triste y sintió otra vez que estaba solo, dejado por los demás. Más solo que los otros que algunas veces se sentían infelices, pero que siempre tenían a otro infeliz cerca, para apoyarse.
Para mi hermano, no hay sino tres enemigos, el mundo, el demonio y la carne. El mundo es la ciudad, el demonio soy yo y doña Rita es la carne.
¡Pregúntaselo a tus hazañas de esta noche, y ellas te dirán lo que has hecho del corazón que tanto te quería!...
Ni un amigo ni una compañera le quedaban en su ocaso, a ella que los tuvo sin cuento en su cenit; ni una palabra de conmiseración a ella que oyera tantas lisonjas.
¡Me caso aunque me lleve la trampa!
Como el helechito tierno que aparece entre guijarros y los plumerillos de oro con que el espino se florece, el muchacho era lindo y delicado.
Hay momentos en que, merced á una serie de abstracciones, el espíritu se sustrae á cuanto le rodea, y replegándose en sí mismo analiza y comprende todos los misteriosos fenómenos de la vida interna del hombre.
Con ella siempre quea argo que desear, argo que se espera y no yega...
¿Usted sabe lo que es esperar nada?
Allí todo el mundo se levantaba antes que el sol; allí se trabajaba, se cantaba y se comía el pan de la alegría y de la honradez.
Ah! ¡los que no habéis llorado de felicidad así, llorad de desesperación, si ha pasado vuestra adolescencia, porque así tampoco volveréis a amar ya!
El sol debía estarla escuchando. De otro modo no puede explicarse cómo amaneció de pronto, en cuanto ella dijera que algunas veces amanecía en la ciudad.
La chica era guapa, una real moza, fresca, garbosa, con cada ojazo, y ¡un pelo más hermoso! Lo que se llama una gran mujer. La fisonomía dura, el gesto serio, la sonrisa desdeñosa; pero en conjunto un prodigio de lozanía y de... en fin, lo que es una flor antes de que nadie la manosee.
Nos levantábamos muy tarde (después de las doce), y nos acostábamos muy temprano para no tener que hacer más de una comida; el dinero nos faltaba, pero el buen humor no llegaba a abandonarnos, y todas aquellas cosas nos causaban risa, porque eso sí, tomarlo a lo serio era tocar a suicidarse.
Sólo en las novelas el amor principia desde un límite fijo y determinado. En la vida real, la cuestión sucede de manera distinta. Va naciendo sin saberse cómo. Se va formando —eso es— como las nubes tupidas en el cielo claro; empieza por ser apenas una mancha turbia contra el azul hasta preñarse de negrura y de amenaza.
Hay hombres que mueren en el silencio de la noche, estremeciéndose entre las manos de espectros que los torturan con solo mantener fija sobre ellos su implacable mirada; hombres que mueren con la desesperacion en el alma y un hierro candente en la larinje, á causa del horror de los misterios que no consienten que se les descubra. Algunas veces la conciencia humana soporta un peso de tal enormidad que solo encuentra alivio en el descanso de la tumba.
Los probes son güenos, pero la miseria es una cosa fea que güerve malo al mejor.
Los ojos eran lo único inquietante en aquella cara bondadosa de sacristán de aldea: unos ojos pequeños y triangulares sumidos entre bullones de grasa; unos ojillos estirados, que recordaban los de los cerdos, con una pupila maligna de azul sombrío.
Pensamos en las noches de sus chozas con barro y sin luz. En sus catres sin calor. En la vigilia entre garúas y vientos.
Todos escogen el mismo camino. Todos se van.