Citas del Día

No sé por qué Dios nuestro señor no ha dispuesto que nuestros maridos no sufran los mismos dolores que nosotras cuando damos a luz un niño; así se enseñarían a tener más cariño por sus madres, conociendo lo que han sufrido, y más consideración a sus mujeres.

No hay divinidad a quien se rinda culto más sincero y universal que a la Fortuna. Los hombres desde que empiezan a serlo, en lo que llaman edad de la razón le consagran la vida. Fortuna en cambio con la esperanza les atrae, con la codicia les excita, con la molicie les corrompe, o con la soberbia les ciega, hasta que enseñoreada de ellos, les deja unas veces que realicen su ambición y otras que satisfagan su apetito.

¿Por qué buscas con él la soledad que tantas veces me dijiste te era odiosa sin mí?

Entonces —sólo entonces— pensó rápidamente en la venganza. Todo el odio que había acumulado calladamente, ignorándolo él mismo, reventó en explosión inusitada.

¡Ah, si yo pudiera no olvidarla! ¡Gustoso sufriría por ella antes que sentirme vacío de ella!

Allá lejos, en la línea como trazada con un lápiz azul, que separa las aguas y los cielos, se iba hundiendo el sol, con sus polvos de oro y sus torbellinos de chispas purpuradas, como un gran disco de hierro candente.

Morir, y joven: antes que destruya
el tiempo aleve la gentil corona
cuando la vida dice aún: ‘soy tuya’,
aunque sepamos bien que nos traiciona”

He tenido ojos verdes como las algas que crecen al pie de los muros de mi palacio y que son las que dan al mar ese color verde que admiráis tanto, señora.

Frisaba ya en los setenta años; era delgado, pálido, de pequeña estatura, pero vigoroso, activo y ligero, y bajo aquel aspecto de ancianidad llevaba el alma de un niño y el corazón de un ángel.

A los de abajo no nos quea otro recurso que rabiar trabajando pa otros o seguir la única carrera que da dinero y nombre: matá.

El libro de mi vida tiene una sola página de elicidad, y esa es la tuya.

Como ésa, hay muchas almas, en las que han quedado las creencias transfiguradas en espectros, que perturban el sueño con quejidos, sólo perceptibles para ellas, ó en espíritus luminosos, pero mudos; almas tristes, como isla enmedio del océano, que miran con envidia á la ola sumisa y á la ola resueltamente rebelde; almas cuyos ideales semejan estalactitas de una gruta obscura, bajo cuyas bóvedas muje el viento nocturno; almas que se ven vivir, cual si tuvieran siempre delante algún espejo, y á ocasiones, medrosas, apocadas, ó por alto sentido estético y moral, cierran los ojos para no mirarse; almas en cuyo hueco más hondo atisba siempre vigilante y duro juez; almas que no sintiéndose dueñas de sí mismas, sino esclavos de potencias superiores é ignotas, claman en la sombra: ¿en dónde está, cuál es mi amo?

Y empezó la charla, esa charla agradable y suelta que me place entabler con los bravos hombres toscos que viven la vida del trabajo fortificante, la que da la buena salud y la fuerza del músculo, y se nutre con el grano del poroto y la sangre hirviente de la viña.

Y las pobre mujeres veían un rayo de esperanza, porque en los grandes infortunios, los que no creen en los milagros sueñan siempre con lo inesperado.

El color de un crepúsculo. El rojo era demasiado rojo. El quería un color como el sol cuando ya se ha ocultado, algo como los pétalos de las florecillas rosadas.

A Sabino le pareció que tenía los ojos de vidrio helado, con reflejos que saltaban para todos lados, como si estuvieran rotos por dentro.

Y confiemos siquiera en que la muerte nos dará un poco más de lo que nos dió la vida.

Con los ojos del recuerdo, la vió.

¿Ves este rosal recién sembrado? Si me olvidas, no florecerá; pero si sigues siendo como eres, dará las más lindas rosas, y se las tengo prometidas a la Virgen con tal que me haga conocer por él si eres bueno siempre.

Ser sabio... es tener el derecho de equivocarse.

¿Cuáles leyes, Fulgor? La ley de ahora en adelante la vamos a hacer nosotros.

La soledad con sus mil rumores desconocidos, vive en aquellos lugares y embriaga el espíritu en su inefable melancolía.

Entró en la población, como los generales tras el triunfo. La vanidad y el orgullo amenazaban desmontarlo del caballo.

Entró en el galpón donde todo —hierro, trapos, latas— era viejo, miserable, oscuro y triste y sintió otra vez que estaba solo, dejado por los demás. Más solo que los otros que algunas veces se sentían infelices, pero que siempre tenían a otro infeliz cerca, para apoyarse.

¡Pregúntaselo a tus hazañas de esta noche, y ellas te dirán lo que has hecho del corazón que tanto te quería!...

¡Me caso aunque me lleve la trampa!

Ni un amigo ni una compañera le quedaban en su ocaso, a ella que los tuvo sin cuento en su cenit; ni una palabra de conmiseración a ella que oyera tantas lisonjas.

Hay momentos en que, merced á una serie de abstracciones, el espíritu se sustrae á cuanto le rodea, y replegándose en sí mismo analiza y comprende todos los misteriosos fenómenos de la vida interna del hombre.

Con ella siempre quea argo que desear, argo que se espera y no yega...

Allí todo el mundo se levantaba antes que el sol; allí se trabajaba, se cantaba y se comía el pan de la alegría y de la honradez.

¿Usted sabe lo que es esperar nada?

Ah! ¡los que no habéis llorado de felicidad así, llorad de desesperación, si ha pasado vuestra adolescencia, porque así tampoco volveréis a amar ya!

La chica era guapa, una real moza, fresca, garbosa, con cada ojazo, y ¡un pelo más hermoso! Lo que se llama una gran mujer. La fisonomía dura, el gesto serio, la sonrisa desdeñosa; pero en conjunto un prodigio de lozanía y de... en fin, lo que es una flor antes de que nadie la manosee.

Sólo en las novelas el amor principia desde un límite fijo y determinado. En la vida real, la cuestión sucede de manera distinta. Va naciendo sin saberse cómo. Se va formando —eso es— como las nubes tupidas en el cielo claro; empieza por ser apenas una mancha turbia contra el azul hasta preñarse de negrura y de amenaza.

Nos levantábamos muy tarde (después de las doce), y nos acostábamos muy temprano para no tener que hacer más de una comida; el dinero nos faltaba, pero el buen humor no llegaba a abandonarnos, y todas aquellas cosas nos causaban risa, porque eso sí, tomarlo a lo serio era tocar a suicidarse.

Hay hombres que mueren en el silencio de la noche, estremeciéndose entre las manos de espectros que los torturan con solo mantener fija sobre ellos su implacable mirada; hombres que mueren con la desesperacion en el alma y un hierro candente en la larinje, á causa del horror de los misterios que no consienten que se les descubra. Algunas veces la conciencia humana soporta un peso de tal enormidad que solo encuentra alivio en el descanso de la tumba.

Los ojos eran lo único inquietante en aquella cara bondadosa de sacristán de aldea: unos ojos pequeños y triangulares sumidos entre bullones de grasa; unos ojillos estirados, que recordaban los de los cerdos, con una pupila maligna de azul sombrío.

Los probes son güenos, pero la miseria es una cosa fea que güerve malo al mejor.

Pensamos en las noches de sus chozas con barro y sin luz. En sus catres sin calor. En la vigilia entre garúas y vientos.

Todos escogen el mismo camino. Todos se van.

Hay almas que no son más que bondad. Yo encontraré quien me quiera. Si esas almas no existen, quiero morir sin saberlo.

Умови, за яких розгортається життя сьогодні, роблять більшість людей нудними та нецікавими. Сьогодні майже нічого, про що варто було б розповісти, не трапляється ні з ким. Більшість із нас плаває в океані вульгарності. Ні наші кохання, ні наші пригоди, ні наші думки не є достатньо цікавими, щоб ними ділитися з іншими, якщо їх не перебільшувати та не трансформувати. Суспільство гомогенізує життя, ідеї та прагнення кожного.

—¡Pero que un monte es cosa linda!... Era una cosa linda que él poseía en silencio, domingo a domingo, mientras se le iban los años y se le iban los hombres. Era una cosa linda que lo poseía a él, sorbiéndole los ojos, entrándole una pereza gozosa, poniéndole en las venas una beatitud de miel espesa. Pero aún el monte le escondía algún secreto.

¿Qué selva mejor que la del sátiro, a quien él encantaría, donde sería tenido como un semidiós; selva toda alegría y danza, belleza y lujuria; donde ninfas y bacantes eran siempre acariciadas y siempre vírgenes; donde había uvas y rosas y ruido de sistros, y donde el rey caprípedo bailaba delante de sus faunos beodos y haciendo gestos como Sileno?

Estaba engañado. No lloraba. Sus ojos se abrían absortos, pero secos. Ni una lágrima. Y yo hubiera querido que llorase.

El pueblo dormía el sueño de la enfermedad, pero un día el león rugió sacudiendo su melena, y comenzó la lucha gloriosa.

La autumnal es la estación reflexiva. La naturaleza comunica su filosofía sin palabras, con sus hojas pálidas, sus cielos taciturnos, sus opacidades melancólicas. El ensueño se impregna de reflexión. El recuerdo ilumina con su interior luz apacible los más amables secretos de nuestra memoria. Respiramos, como a través de un aire mágico, el perfume de las antiguas rosas. La ilusión existe, mas su sonrisa es discreta. Adquiere el amor mismo cierta dulce gravedad.

Sólo para el mal encontré anchas todas las vías, risueños todos los rostros, generosas todas las manos.

Presentía su fin muy próximo pero sin pena: antes bien con una dulce serenidad.

¿Cuánto tiempo se necesita para que los seres que amamos y que nos aman nos olviden? ¿Olvidar es delito? ¿Los que olvidan son malos?